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Cuál es la restauración que se suele usar para que se vea lo menos posible
Esta restauración se suele usar en occidente para piezas en las que el dueño quiere que se vea lo menos posible, cuándo tiene sentido, qué tipos de daño se pueden reparar y por qué las piezas restauradas no sirven para uso alimentario.
Llega al taller una pieza rota dentro de una caja, a veces envuelta con un cuidado que dice más que cualquier explicación. Un jarrón que era de una abuela, una figura que se cayó de una estantería, un plato de una vajilla que ya no se fabrica. Casi siempre la pregunta es la misma: "¿esto tiene arreglo… y se va a notar?". De eso trata la restauración invisible: de devolver la pieza a como era, sin que la reparación se vea.
Cómo se consigue
La restauración casi invisible busca reconstruir la pieza y disimular por completo la intervención, de modo que a simple vista no se aprecie dónde estuvo el daño. La grieta desaparece, la parte que faltaba vuelve a estar, y el color y el brillo se integran con el resto.
Es lo contrario de esconder la pieza rota en un cajón o de un pegado casero con la línea de adhesivo a la vista. Aquí el objetivo es que la pieza recupere su aspecto y su dignidad, como si el accidente no hubiera ocurrido.
Qué se puede restaurar
Se puede hacer mucho más de lo que la gente imagina. Los daños más habituales que llegan al taller son:
- Roturas en varios trozos, incluso cuando parecen un puzle imposible.
- Desconchados y golpes en bordes, asas o bases.
- Piezas a las que les falta un fragmento, que se reintegra desde cero.
- Grietas y fisuras que amenazan con seguir abriéndose.
No todo es igual de sencillo ni todo compensa, pero en la mayoría de los casos hay solución. Si dudas si tu pieza tiene arreglo, casi siempre la respuesta es que sí, e intentaré que la puedas poner otra vez a la vista.
Cómo es el proceso, a grandes rasgos
Sin entrar aún en detalle —lo cuento paso a paso en otro artículo—, la restauración sigue siempre las mismas fases: limpiar y preparar las superficies, unir los fragmentos con precisión, reconstruir lo que falta con materiales estables y, por último, la parte más delicada, la reintegración del color y el brillo para que la zona restaurada se funda con el resto de la pieza. Ese último paso, el ajuste cromático, es lo que separa una reparación evidente de una casi invisible.
Hay además una fase previa que casi nadie espera y que suele ser de las más delicadas: retirar reparaciones anteriores. La mayoría de las piezas que me llegan ya han pasado por algún intento casero de arreglo, hecho con materiales inadecuados —pegamentos que amarillean, masillas que sobresalen, pinturas que no corresponden—. Antes de poder restaurar bien, hay que deshacer todo eso sin dañar la pieza original, y ese trabajo de "limpiar el terreno" a veces lleva más tiempo que la propia restauración.
La porcelana, la más exigente
Dentro de la restauración, la porcelana es probablemente el material más difícil de trabajar, y conviene decirlo claro porque mucha gente ni siquiera sabe que se puede restaurar: sí se puede, aunque sea de lo más complicado. Por un lado, suele ser muy fina de grosor, lo que deja poquísimo margen para unir y reconstruir sin que la reparación se note. Por otro, sus esmaltes son blancos purísimos y muy brillantes, y precisamente esos colores brillantes y esas superficies impecables son de lo más difícil de reintegrar: la más mínima diferencia de tono o de brillo salta a la vista. Restaurar bien una pieza de porcelana exige una precisión extrema, y es de los trabajos que más satisfacción dan cuando salen bien.
Importante: no sirve para uso alimentario
Es la advertencia que doy siempre, y conviene tenerla clara desde el principio: una pieza con este tipo de restauración no puede volver a usarse para alimentos ni bebidas. Casi todos los materiales que se emplean —adhesivos, masillas de reconstrucción, pinturas y barnices de reintegración— no son aptos para el contacto con comida.
Tampoco se pueden lavar como una pieza normal: el agua, el jabón y el roce del fregado terminan estropeando la zona restaurada. Por estas restauraciones son ideales para piezas decorativas, de colección o de valor sentimental que van a lucir en una estantería o una vitrina, pero no para vajilla que quieras seguir usando en la mesa.
Existe otro tipo de restauración que sí permite el uso con alimentos: el kintsugi. Emplea materiales aptos para el contacto con la comida, la laca urushi, de modo que una pieza reparada con kintsugi auténtico sí puede volver a usarse en la mesa una vez que la laca ha secado y endurecido por completo. Es una de sus diferencias con la restauración invisible, y le dedicaré su propio artículo.
Conservar frente a exponer
Una cosa que siempre hablo con quien me trae una pieza: no es lo mismo restaurar para conservar que para exponer. Una pieza de museo o de valor histórico se trata con criterios de conservación, con intervenciones reversibles y el mínimo añadido. Una pieza decorativa o sentimental que quieres volver a tener en la estantería admite una reintegración estética más completa, pensada para que luzca. Saber para qué quieres la pieza me ayuda a decidir hasta dónde llegar.
¿Merece la pena?
Es la duda razonable de cualquiera. Y la respuesta rara vez tiene que ver con el valor económico: casi siempre pesa más el valor sentimental o histórico. Restaurar un objeto que te importa es también una manera de conservar la memoria que lleva dentro. Muchas de las piezas que más satisfacción me han dado al devolverlas a la vida no valían mucho dinero, pero valían muchísimo para quien las trajo.
Si tienes una pieza a la que le tienes cariño y no sabes si tiene arreglo, escríbeme y la vemos: con una foto del daño puedo orientarte sobre si es restaurable y darte un presupuesto sin compromiso. A veces lo que parecía perdido solo necesita las manos adecuadas.